viernes, 9 de julio de 2010

Poema/ El duelo de la canada

El Duelo


Manuel Mur Oti - Español (1908-2003).


¿Qué cómo fue, señora?...
Como son las cosas cuando son del alma,
Ella era muy linda, y él era muy hombre,
y ya la quería, y ella me adoraba;
pero él, hecho sombras, se me interponía,
y todas las noches, junto a su ventana,
fragantes manojos de rosas había
y rojos claveles y dalias de nácar.
Y cuando las sombras cubrían las cosas
y en el ancho cielo la luna brillaba,
de entre las palmeras brotaba su canto
y como una flecha llegaba a su casa.
¡Cómo la quería!... ¡Cómo le cantaba sus ansias de amores
Y cómo vibraba con él su guitarra!
Y yo, tras las palmas, con rabia le oía,
Y entre canto y canto colgaba una lágrima.
Lágrima de hombre, no crea otra cosa,
que los hombres lloran como las mujeres,
porque tienen débil, como ellas, el alma.
No pude evitarlo… La envidia es muy negra,
y la pena de amor es muy mala,
y cuando la sangre se enrabia en las venas,
no hay quien pueda, señora, calmarla…
Y una noche…, ¡lo que hacen los celos!,
le esperé allá abajo, junto a la cañada;
retumbaba el trueno, llovía y el río,
igual que mis venas, hinchado bajaba.
Al fin, a lo lejos, lo vi entre las sombras;
venía cantando su loca esperanza;
en el cinto colgaba el machete
bajo el brazo la alegre guitarra.
Llego hasta mi lado tranquilo, sereno;
me clavó en los ojos su fría mirada;
me dijo: «¿Me esperas?...» Le dije: «¡Te espero!...»
Y no nos hablamos ni media palabra.
Que era bravo el hombre, bravo cual los hombres machos,
y los hombres machos pelean, no hablan.
¡Cómo la quería!... El machete dijo
su amor y sus ansias, roncaba su pecho,
brillaban sus ojos, y entre golpe y golpe
¡ponía su alma!...
No fue lucha de hombres, fue lucha de toros,
eso bien lo sabe la vieja cañada;
pero más que el amor y el ensueño
pudieron la envidia y la rabia,
y al fin mi machete lo dejó tendido
sobre su guitarra.
No tema, señora, son cosas pasadas…
Todavía en el suelo, me dijo llorando:
«Quiérela…, ¡que es buena!...
Quiérela…, ¡que es santa!...
Quiérela… como yo la he querido,
Que aunque muero…, ¡la llevo metida en el alma!...»
Y tuve celos, señora, del que así me hablaba,
y tuve celos de aquel que moría
y aun muriendo la amaba…
Y la sangre cegó mis pupilas, y el machete
en la mano temblóme con rabia, lo hundí
en su pecho con odio y con furia y rasgué
su carne buscándole el alma…
Porque en el alma se llevaba mi hembra…,
y yo no quería que se la llevara.